Me cabe el honor en ésta ocasión de rendir un homenaje al que fuera el creador de un moderno Servicio hospitalario. Tuve la oportunidad de conocerlo cuando se iniciaba en el Servicio de Medicina el programa de médicos becados bajo la Jefatura del Dr. Hernán Alessandri. Recién ingresado me llamó la atención la visible diferencia que mostraba este Servicio con el resto del hospital ¿Qué era lo que lo distinguía y que nos hacía sentirnos orgullosos de trabajar en él? En corto tiempo supe que su autor era el Dr. Héctor Ducci en ese entonces Sub Jefe del Servicio. Graduado en 1939 inició en el hospital El Salvador una carrera ascendente que no terminaría sino en su muerte.
Su personalidad nos llamaba la atención: de mirada brillante, claro y firme en sus decisiones, que más de alguna vez combatimos por creerlas exageradas. En sus visitas, que esperábamos con cierta inquietud, siempre se hacía acompañar por el Jefe de sala, el residente, la Enfermera, la Nutricionista y los alumnos. Porque el trabajo hospitalario siempre lo entendió como una labor en equipo. Sus visitas se hacía siempre con regularidad alternando con las del Jefe de Servicio, todo lo anterior nos infundía cierto temor que, útil para esmerarnos en el trabajo.
Era incisivo en sus preguntas; le gustaban las respuestas claras y precisas; resaltaba su preocupación por el confort del enfermo y exigía indicaciones y anotaciones claras en una ficha clínica cuyo formato se constituyó en un modelo.
La visión que el Dr.Ducci tenía de un Servicio de Medicina era novedad en su época: debía cumplir con la necesidad de una medicina moderna y eficaz, en donde primaba no sólo un buen trato al paciente sino un ambiente grato y confortable. Su preocupación por las condiciones físicas de la Sala (calefacción, aseo y equipos) era permanente.
Fui testigo de cómo modernizó las salas en el Servicio de Medicina, subdividiéndolas en sectores más pequeños, con equipos modernos que eran la envidia del resto del hospital. Mejoró los sistemas de calefacción y de comunicaciones, que eran un lujo en su época. Incluso el Servicio de Medicina llegó a contar con una ambulancia que permitía trasladar a los enfermos después de su alta.
El Dr. Alessandri, Jefe de Servicio en aquel entonces valoró en él sus condiciones y le sugirió que se interesara en las enfermedades hepáticas, hasta entonces poco conocidas. En tiempo el Dr. Ducci montó un laboratorio de hepatología, seleccionando a médicos y que se interesaron en el tema. Así el prestigio del Servicio de Medicina creció y se destacó en ámbito de la medicina chilena.
Su conexión con la Dirección del hospital y las autoridades del Servicio Nacional de Salud era permanente y aunque admiraban su entusiasmo por mejorar, no siempre encontraban eco sus ideas, ni tampoco proveían los medios para hacerlo.
Conocidos sus méritos, su labor se vió facilitada por la ayuda de diversas Fundaciones extranjeras que donaban los medios necesarios para realizar su labor. Eran frecuentes sus visitas a Centros Clínicos fuera del país, en donde adquiría una visión moderna de la medicina y que trataba de introducir en nuestro Servicio. Becado por la Fundación Rockefeller permaneció algún tiempo en Minneapolis (USA) en donde su trabajo junto al Dr. Cecil Watson en el laboratorio de enfermedades hepáticas tuvo trascendencia mundial.
Su primer nombramiento en el hospital fue en 1943; en 1949 recibió el título de Profesor Extraordinario de Medicina y en 1951 fué nombrado Sub Jefe del Servicio de Medicina; desde entonces su labor fue infatigable.
En el año 1954 logré el primer contacto con él al hacer mi tesis de grado en su laboratorio de hepatología; éste competía con el laboratorio Central del hospital, al que se impuso rápidamente por las nuevas técnicas y la solidez de sus resultados. Era exigente en el trabajo del residente y sarcástico en las críticas que nos hacía. Más de alguna vez provocó la molestia de algún médico, que no comprendía el valor de sus ideas, sin embargo las aceptábamos dada la fuerza con que las imponía. Una de sus características que más me llamaba la atención era el gusto por lo mejor, que trataba de aplicar sin excepciones y en todo orden de cosas.
Soñaba con un programa de residencia en que los médicos permanecieran la jornada completa en el hospital, haciendo turnos nocturnos para lo cual habilitó una pieza especialmente preparada para este objeto. Como residente nos exigía el estricto cumplimiento de nuestra labor, tanto en su contenido como en el aspecto formal. Fui testigo de cómo prefería su trabajo en el hospital al de la consulta particular.
Ocasionalmente hacía visitas en las tardes e incluso en festivos en los que controlaba, en forma sorpresiva, el quehacer de médicos y enfermeras.
Exigía al personal buena presentación y puntualidad. En varias ocasiones sus exigencias despertaban críticas que incluso le ocasionaron conflictos con el personal. Siempre trató de ir a la cabeza en nuevas acciones que mejoraran la anticuada imagen del hospital, lo que hizo a veces venciendo la incomprensión de las autoridades. Bajo su impulso el Servicio de Medicina se hizo notar por una buena atención y su moderna estructura de funcionamiento que lo hizo ser objeto de modelo dentro y fuera del Hospital. Todo ésto le originó problemas, incomprensiones y dificultades que se hicieron presentes en sus últimos años. Esto, sin duda, tuvo un impacto en su salud.
La enfermería, fué uno de sus temas preferidos; estimaba que no se podía hacer buena medicina sin buena enfermería, dándole una importancia hasta entonces desconocida en nuestro país. Fué profesor de la escuela de Enfermería, infiriéndoles a las alumnas un carácter y espíritu que las hacía destacar en los hospitales.
La labor del Dr. Ducci fue también muy importante en el ámbito científico: fué creador de varias pruebas funcionales hepáticas útiles en el diagnóstico diferencial de las ictericias publicando en 1949 una monografía titulada “Ictericias y Laboratorio”. Fué el primero en plantear el uso de la cortisona en la insuficiencia hepática grave. Viajó en varias oportunidades a Estados Unidos en donde trabajó con autoridades en la materia. Sus trabajos fueron publicados y conocidos internacionalmente, lo que le dió prestigio de autoridad en enfermedades hepáticas.
Fué experto de la Organización Mundial de la Salud; fué Presidente de la Sociedad Médica de Chile durante varios períodos y miembro de otras organizaciones internacionales. Formó parte del Consejo hospitalario en el que sus ideas constituían ejemplo para otros Servicios.
Pero también fué un gozador de la vida, a pesar de la muerte prematura de sus padres. Sociable y amante de lo bueno; sabíamos de su entusiasmo por el golf y el fútbol, para lo cual se acompañaba con algunos médicos aficionados, todos novatos como él; gustaba de la música moderna y el baile, características que completaban su personalidad. Fuera del hospital en reuniones que hacíamos, después de las sesiones de la Sociedad Médica, se mostraba simpático y gozador, lo que limaba las asperezas del día.
No podría silenciar su labor como jefe de familia; unido en matrimonio a Isabel Budge formó una familia destacada, que sin duda fue el premio que recibió en vida. Ha sido una familia de médicos: su padre (José Ducci Kalens), su hijo Héctor (aquí presente), su nieto Hernán (ya fallecido) y luego esta lista se completará con una bisnieta.
Pero me atrevería a decir que su error fué el avanzar más rápido. El standard americano fué su modelo, pero su inquietud incansable le costó la vida. En la mañana del 24 de Julio de 1959, a los 42 años de edad, tuvimos la noticia de su repentina muerte que recibimos con una incredibilidad difícil de vencer. Recuerdo cómo se paralizó el Hospital; parecía que el tiempo se hubiese detenido, para dar paso a la verdad de su muerte. Su desaparición ocurrió cuando se tramitaba su nombramiento como Jefe del Servicio de Medicina para suceder al Dr. Alessandri, la meta final a la que se había propuesto.
Pero su labor permanece en el recuerdo de los que lo conocimos; pienso que en este tiempo de cambios y de dificultades en que vivimos, su pensamiento habría sido rector en el ámbito de la Salud. Pero también creo que los tiempos posteriores han sido difíciles y quizás le habrían significado un esfuerzo difícil de vencer. Pero la muerte, interrumpió su trabajo que sin duda, fué el precio que pagó por su labor.
Hoy, en el mismo auditorio donde hace cincuenta años exponía sus ideas, le rendimos con estas palabras, un modesto homenaje a su persona.




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